Atroz Cortesía

 Para Sovka, mirando un cuadro de Rouault.

 

El Payaso Gotita aparta de su rostro la nariz falsa. Después de tironearse los vellos de la nuca con la engorrosa liga –un dolor que lo hace putear- aplica la suya sobre una delgada línea de polvo blanco esparcida con una navaja Gillette sobre la balaustrada de mármol rosa. Luego, como en cualquiera de sus gastadas rutinas, lo imitarán los demás.
Media hora después, junto a sus dos compañeros –flojas las corbatas de lunares, colillas de cigarros baratos colgando de las comisuras sanguinolentas- serán tres bizarras figuras acuchilladas por los rayos de un sol nonato, estatuas contemplando la aurora.
Nada en ellos difiere de otros de su especie. Más tristes que nunca, libres de la euforia acicateada por la necesidad, son ahora apenas unas máscaras abandonadas en la periferia del huracán, tres obreros del absurdo sobrellevando la vergüenza de haber cumplido su jornada.
Nada en ellos los torna especiales; ni las pelucas desmesuradas, ni las pestañas blanquecinas o el arcoíris de sus cejas: sólo el silencio como un embudo de plomo sobre sus monstruosas cabezas, una turbia veladura crecida en sus pupilas y sobre todo, los oscuros coágulos de sangre resbalando muy lentamente –brillantes ventosas en busca del suelo- sobre la luminosa curvatura a donde va morir la punta de sus coloridos zapatones.
En la confusa modorra de los culpables y los trasnochadores, luchan juntos y en soledad contra la traicionera memoria por olvidar las imágenes, o se abandonan mediante largos silencios interrumpidos por comentarios sin importancia al fingimiento colectivo, al “aquí no ha pasado nada”.

II

“El hijo de su pinche madre ése tuvo la culpa. Nosotros andábamos bien. Usted sabe, en lo de nosotros. Somos gente seria señor. Trabajadora. Estábamos en el crucero pasando Colón, cuando el tipo ése nos habló desde su camioneta. Nos preguntó la tarifa por hora, y yo luego luego me apersoné. Mis compañeros estaban amodorrados en la cuneta; acabábamos de llegar de un cumpleaños allá por Garza. Imagínese tres horas aguantando pinches güercos insoportables. Usted sabe, de esa pinche gente que le gusta presumir, exigente de a madre, y que a la hora de la paga nomás se abre. Culera, pues. Lepes gritones y ojetes, mamás putonas que se hacen las apretaditas: señoras de ésas que se van a operar las tetas a Mc Allen para venir a lucirlas a Galerías. Panzones señores de guayaberas y risas forzadas. Es una reverenda chinga actuar frente gente así. Usted sabe, nosotros somos gente seria; no somos unos improvisados, como esos güeyes que salen en la tele, riquillos de mierda.
A nosotros nos ha costado, chingarle desde abajo.
Aprender las acrobacias, aventar la lumbre, aguantar vara.
Hacerle al pendejo cuando los clientes, al calor de las fiestas, se pasan de lanza. Toda la tarde del sábado haciéndonos garras en el jardín de esa casota para que nadie nos pelara, que los compadres del anfitrión nos aventaran las cubas por el hocico, y que encima, al último, nos quisieran pagar la mitad, quesque porque no hacíamos gracia. ¡Vayan al cabrón!
Pos ni modo, así de ingrato es este oficio. En ésas estábamos, medio emputados, sin meternos nada, cuando llegó ese bato.
Luego luego nos dio mala espina. Algo en él como que no cuadraba. Detrás de sus pinches lentecitos y su bufanda con este pinche calorón, como que se escondía algo. Nos habló de una fiesta, de que nos iba a pagar muy bien. Nos miramos entre nosotros, y como la tarde pintaba floja, pues allá vamos. Nos trepó en su camionetota y arrancó rumbo a Chipinque. Llegamos a un pinche casón bruto, con unas bardotas de piedra y puertas eléctricas de cedro en la cochera. Ya entrados en gastos, mientras cruzábamos el jardín, nos ofreció unas cebollitas de coca, quesque pa que nos entonáramos, que la íbamos a pasar a toda madre. Le preguntamos que cuántos niños eran, para ir armando nuestro show, y sólo respondió con una risita que su fiesta no era para niños. El polvo maldito hizo lo suyo, y como aparte andábamos jodidones, y como con probar nada se pierde, dijimos, y pues al ratito ya estábamos en medio de aquel jardinsote con alberca, echando nuestro desmadre, rodeados de sombras que se movían borrosas a la luz de las llamas que nos brotaban del hocico. Seguimos contando nuestros albures, haciendo nuestras rutinas, maromas y pendejada y media. Luego nos dieron trago, y tras las nubes del vapor de gasolina y el sudor que nos borraba la pintura de la cara, las sombras se fueron haciendo más y más borrosas, como unas manchas negras que se movían bien despacio. De la boca no brotaba la lumbre, sólo palabras como arrastrándose, estropajosas. Al rato las sombras se fueron haciendo menos, y de pronto muy pocas.
No recordamos ni por qué ni cómo, pero de pronto ya no vi a mis camaradas y me encontré despertando en un cuartote grande, con espejos en el techo, tirado encima de una cama redonda. Al despertarme y levantar la cabeza, vi la cara de ese cabrón entre mis piernas, enrojecida, sudorosa, ya sin lentes, mordiéndome el chile. Entonces, ahí fue cuando acabé de despertarme y me levanté en chinga; me acomodé los tirantes del pantalón y lo aventé a la chingada. La cabeza me daba vueltas cuando encontré a mis cuates tumbados en la sala, igual que yo, con los pantalones arremangados en las piernas y las pelucas en la quijada. Nos miramos y entendimos lo que el hijo de su pinche madre ése nos había hecho.
Y que levanto súper encabronado a mis camaradas a puros madrazos y que nos acabamos de emputar al sabernos chingados tan a la mala. Vimos el resto de las pastas en la mesa y nos las atascamos para darnos valor, enjuagándonos el mal sabor del hocico con buches de Chivas Regal. Ni siquiera nos pusimos de acuerdo. Fuimos por el ojete ése que ya se había quedado dormido y lo sacamos al jardín. Era de madrugada y en las casas de por el rumbo no se oía ningún ruido. La luna sobre la Huasteca brillaba grandotota, y entonces de ahí en delante ya no supimos de nosotros. Nomás lo íbamos a apañar leve, para que aprendiera a no meterse con gente como nosotros…
Sí oficial. El cuerpo que flota en la alberca es el del bato.
… ¿La cabeza? Pues, de esa sí no sabría decirle… Nomás me acuerdo que antes de que ustedes llegaran, ya no sabíamos si esa luz tan culera era la del sol, la cruda, o el pinche helicóptero de la tele con su lamparota, cuando los tres nos soñábamos jugando una cascarita, como de güercos en el lecho del Río Santa Catarina, cuando el campeonato de Tigres, con una pelota medio dura, huevuda, y que botaba mal”...