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No sé porque te escribo esta carta, si ni estoy segura de que vayas a leerla algún día, pero cuando se fue, Helena me dijo que tal vez escribiéndote podría espantar esas ideas que revolotean como cuervos en mi cabeza y que no me dan paz ni un instante. No supe si creerle o no, pero tenía que hacer algo. Estoy harta de esta rutina: yendo a clases, haciendo mis deberes y viendo televisión; es lo único que puedo hacer en este estúpido internado. A veces hasta creo que estoy perdiendo la memoria, hay cosas que apenas recuerdo, como si las viera a través de una ventana opaca y mugrienta, que me muestra sólo las sombras de lo que alguna vez fue. !Tenía que hacerlo¡

Apareciste en mi vida cuando más lo necesitaba, después de la muerte de mi padre. En ese entonces yo era un punto negro que pasaba desapercibido, viviendo como perdida en un cosmos de consciencias intranquilas. Todos tan ocupados en sus asuntos, y mi madre haciendo trámites y recibiendo visitas todo el día, era como si yo no existiera. Después los días pasaron y la vida continuó para todos, pero no para mí, me sentía en la oscuridad total, como sumida en un abismo, primero por lo de mi padre, y después de ver como en tan poco tiempo ya nadie siquiera lo recordaba. Inclusive mi madre comenzó a vestirse diferente y a salir por las noches, y eso era algo que no podía soportar.

Pero tú llegaste, y las cosas cambiaron. Estuviste conmigo, me escuchaste e inclusive hasta me hiciste reír con las ocurrencias que me contabas, cosa desconocida para mí desde hacía ya tiempo. Fueron días felices, por fin tenía a alguien que se interesaba en mí, no por mi cuerpo o por el dinero de mi familia, sino por quien en realidad yo era, y eso me hacía sentir una persona genuina y especial.

Luego mi madre se dio cuenta que nos veíamos a escondidas y se puso como loca de atar. – ¿Qué te pasa?- me dijo furiosa –¡Yo con tantos problemas y tú me sales con esto!- Me miró con unos ojos enormes cuando le dije que sólo eras mi amigo, que lo único que hacíamos era vernos y platicar a ratos, y que habías sido el único en ayudarme a superar la tragedia de mi padre. Creo que nunca pudo entender que nuestras citas fueran sólo así, debió haber pensado otras cosas. De inmediato salió con la idea de enviarme a estudiar a un internado, dijo que no eras nadie, que tenía que dejar de verte. ¡Qué casualidad! Todo esto justo cuando empezaba a salir con otros hombres y los invitaba a la casa… creo que su intención fue más bien alejarme para así tener el camino libre y hacer lo que le viniera en gana, sin obstáculos. Total, Andreíta no había cumplido aún los tres años, ella no sería problema, pero de seguro no quería una adolescente cuestionándole sus nuevas amistades todos los días.

Lo que haya sido, se equivocó, porque aún estando en el internado tú te las arreglaste para venir a visitarme. Realmente me sorprendiste. Nunca supe cómo, pero todas las tardes me esperabas en una banca en el jardín de las jacarandas. Ahí platicábamos, claro, cuidando siempre que nadie nos viera, pero el lugar era lo suficientemente acogedor y discreto, y pocas veces tuvimos algún problema, pues tú te despedías   de prisa   besándome la mejilla cuando alguien se acercaba. En ese tiempo no me importaba tanto estar encerrada, pues sabía que al caer la tarde estarías ahí, y podría verte y platicaríamos de todas esas cosas que tú conocías. Me harías reír y yo sería tu princesa, como comenzaste a llamarme en ese entonces.

Nunca imaginé que la licenciada Silvia fuera a enterarse de todo. Tal vez nos espiaba, porque un día me llamó a su oficina y me dijo estar muy molesta por lo que había visto el otro día en el jardín. Yo no supe que decirle o cómo explicarle, le pedí que no lo tomara a mal, pues sólo estábamos conversando y hablando de cosas sin importancia, que no tenía de que preocuparse. Pero ella me dijo que la cosa era muy grave, no me iba a levantar un reporte porque me apreciaba como alumna, pero definitivamente tenía que dejar de verte. Me prometió que si dejaba de encontrarme contigo, me ayudaría a salir del internado y así podría regresar a mi casa y asistir a una escuela normal.

Para serte sincera, la idea de dejar este lugar me agradó mucho, pues el tedio de la rutina que hay aquí es insufrible, y pensé que tal vez si te pedía que te marcharas, aunque fuera por unos días, me iba a servir de excusa para salir y regresar a casa. Al menos allá tendríamos más libertad y nos las arreglaríamos para seguirnos viendo. Por eso fue que te lo pedí la primera vez, ¿Lo recuerdas? Fue ese día que te extrañaste tanto porque llegué a verte muy seria y entonces te lo dije, pero tú te negaste molesto. Dijiste que no tenía sentido, que necesitabas seguirme viendo y platicar conmigo, que inclusive hasta morirías si dejabas de hacerlo. Yo quedé desconcertada y sin saber que decir, pero la licenciada  era tan insistente, día tras día diciéndome que no te podía seguir viendo porque eras una mala influencia, que si en realidad yo significaba algo para ti, lo entenderías. -Si tanto te quiere- me dijo, -va a entender que lo mejor es alejarse de ti- Por eso la última vez que nos vimos fui tan tajante -Lárgate y déjame en paz. ¿No vez que me haces daño?- te dije, pero no lo hice porque lo deseara, o porque la licenciada me hubiera convencido, la verdad nunca pensé que te marcharías para siempre. Lo sé, fui una tonta. Hoy sin ti, veo que lo he perdido todo, mi padre, mi familia, mi vida; todo.

Ya han pasado tres meses desde que te fuiste y yo aún sigo aquí, encerrada. La licenciada me dice que ya estoy bien, que saldré pronto, pero no me interesa regresar a casa. Andreíta le dice papá a un hombre que no conozco, y por lo poco que he hablado con mi madre, puedo notar el miedo que tiene a que le arruine su nueva vida si regreso a vivir con ella. Aquí no tengo a nadie, Helena, mi compañera de cuarto, la única en quien confiaba y con quién podía platicar, salió hace dos semanas.

Estoy cansada de ir por las tardes a esperarte y llorar en el jardín. Odio las risillas de burla de mis compañeras cuando me ven regresar con los ojos hinchados y la cara de fastidio. A veces pienso que has muerto, y tengo miedo de ser yo la culpable por alejarte de mí. Necesito verte y saber que estás bien, y siento que no puedo vivir un día más con esta angustia.

Si alguna vez te importé, si mi vida significó algo para ti, si en verdad fui tu princesa como tantas veces me lo decías, por favor olvida todo lo que dije y regresa. Ansío saber que estás bien y platicar como lo hacíamos antes, no me importa quedarme aquí encerrada, ni los sermones de la licenciada Silvia, ni que mis compañeras digan que no eres real y sólo existes en mi imaginación, no me importa nada, sólo regresa ¡En verdad te necesito!