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esde el primer momento lo intuí —dijo el viejo con voz desesperada—. Ustedes los jóvenes no hacen más que estupideces.
—Lo siento, abuelo —respondió el muchacho, con los ojos inundados y el rostro enrojecido como toronja madura—. Nunca imaginé que el arma estaba cargada.
El viejo no pudo reprimir más su coraje y se lanzó sobre su nieto cogiéndolo por la melena.
—¡Eres un estúpido! —le gritó y lo empujó, luego se limpió las lágrimas tratando de recuperar la calma—. ¿Cómo pudiste pensar que si tenía un arma, la iba a guardar descargada? Esas cosas son para dispararse, no para jugar con ellas.
Sólo se cubría el rostro con las manos y se limitaba a asentir a cada cosa que el viejo le decía. ¿Qué más podía hacer? Había matado a uno de sus amigos. Le apuntó con el revólver detrás de la oreja izquierda y a quema ropa jaló del gatillo tres veces. Qué más podía hacer, tenía la ropa manchada de sangre.
—Ahora te atendrás a las consecuencias. Ya eres mayor de edad, un idiota, pero mayor de edad.
—Ayúdame, abuelo —suplicó, con un llanto desgarrado—. No permitas que me lleven a prisión.
—No puedo hacer nada. Además, ya me metiste en problemas a mí también. El arma es mía, ¿recuerdas?
—Lo siento, abuelo —balbuceó, y se arrojó llorando a los pies del viejo.
En ese preciso momento una tercera figura entró en la habitación.
—Ya es hora de irnos —era un comandante de policía.
—Anda, ve y afronta tu responsabilidad.
El joven asesino avanzó con pasos lentos, la mirada baja y el semblante tan lastimero que hasta el policía sintió pena.
—A ver, muéstrame las manos –le dijo sacando las esposas que pretendía ponerle; pero en un instante de desesperación, el muchacho le arrebató el arma de la funda, se la llevó a la boca, por la violencia del movimiento se quebró los dientes centrales superiores, y se disparó tres veces.
Todo fue tan rápido que ni el abuelo ni el policía pudieron mover un dedo. Sólo le vieron introducirse el cañón de la pistola en la boca, y escucharon las detonaciones, tan lejanas, que no parecían salir del arma que el chico se estaba tragando. Luego vieron cómo le brotó la sangre por la nuca: primero como un rocío violento,  después como rojos chorros de agua corriente. Finalmente le vieron caer y convulsionarse sobre el piso manchado de un rojo cobrizo.  Tenía los ojos muy abiertos y la mirada perdida. El viejo se lanzó sobre él, pero ya era tarde. Su nieto estaba muriendo, mirándole directo a los ojos, y ya no había nada que pudiera hacer.

II

El muchacho estaba desesperado, no podía imaginar cómo serían los próximos veinte o treinta años de su vida en una prisión.
Le arrancó el arma al policía y se la llevó a la boca. Sólo sintió quebrársele los dientes, pero no con dolor; aquella fue una sensación como la que se tiene al cortarse una uña o un mechón de cabello. Después quiso detenerse pero le fue imposible; algo más allá de su propia voluntad le obligó a continuar. Entonces vio su dedo índice flexionarse sobre el gatillo, sintió un fuerte golpe en la nuca, la vista se le nubló y sus oídos ensordecieron totalmente.
Cuando la claridad regresó, pudo ver de nuevo su dedo jalando del gatillo. Otro golpe.
Al recuperar la vista sus ojos se posaron sobre la mirada desorbitada y sorprendida del comandante. Otro golpe.
Cuando pudo ver de nuevo descubrió que estaba tendido en el suelo. Sentía frío, una gélida sensación bastante reconfortable, y su cuerpo se estremecía violentamente. A pesar de todo eso no sentía dolor, sólo un gran entumecimiento en la garganta.  Recuperó el oído, pero escuchaba miles de sonidos: al abuelo, al comandante, a sí mismo, los disparos...
Veía cómo giraba el techo sobre él, cómo su abuelo le hablaba. Podía ver los viejos labios embigotados de gris moviéndose, pero la voz se perdía en aquel mar de sonidos que confundían a su cerebro perforado.
El sonido era lo que más le asustaba. Era como recibir nuevamente todo cuanto había escuchado en su vida, sólo que al mismo tiempo, una y otra vez.
Quería gritar para que todas esas voces callaran, pero no pudo. Su boca no se movía. El sonido fue aumentando y aumentando y aumentando, hasta que parecía que le estallaría la cabeza. Entonces abrió los ojos al máximo, miró directamente a los del viejo, y luego todo se detuvo. Todos los sonidos callaron, todas las voces. Descubrió entonces que no respiraba, que su corazón no latía, y eso le aterró.
Ya no escuchaba nada. Sólo veía que el viejo le seguía hablando, veía que las lágrimas del abuelo le caían sobre el rostro. Lo veía todo, pero no escuchaba, no sentía; ni siquiera podía oler la colonia del viejo. Quería levantarse y decirle que no llorara, que no se preocupara, que todo estaba bien, que él estaba bien; pero no pudo.
Le cubrieron con una sábana y así permaneció, ausente y presente a la vez.
Más tarde presenció cómo un oficial pintaba la silueta de su cuerpo sin vida con una tiza blanca, cómo un hombrecillo de rostro pálido y perverso le tomaba fotografías al cuerpo y a los casquillos con una Polaroid, y cómo los peones del forense levantaron su cadáver y se lo llevaron.
Los vio irse a todos, uno por uno. Todos le abandonaron, aun el abuelo.

III

La casa sigue sola, aquella casita rodeada por un bosquecillo encantado. Sola con sus techos, sus paredes, y sus muebles cubiertos con sábanas, tal como estuvo el cuerpo de aquel cuya alma aún sigue recluida, y que ve cómo todo se cubre de polvo. Capas de polvo cada vez más gruesas y oscuras, capas de polvo que ya no le hacen estornudar.

Jorge Morales Rocha