Para Zuly Guadalupe hoy es día de ir a esperar. Escuchó en la radio que este año la primavera, perezosa, entró casi al mediodía. Zuly también está algo atrasada. Será mejor apurarse, si no, el autobús seguirá su camino sin que pueda despejar sus dudas.
Como todos los años, elige el mismo atuendo. Son los mismos trapos que compró con los dólares que le mandó Brayan de Jesús; pero ahora el vestido luce más raído y luengo.
Se acicala frente al espejo. Era una niña cuando se casó. Así que los años no le han ajado mucho el rostro. Sus carnes aún están firmes: sus pechos turgentes, sus nalgas redondas y bonitas. Los muchachos del billar la florean cuando pasa por ahí, le sueltan una oleada de silbidos. A veces son groseros; pero ella se los permite. En el fondo, aquella concertina le da motivos para seguir esperando a su hombre.
Por eso finge enfado y continúa su camino. Aunque más adelante sonría socarronamente, como siempre: sola y en silencio. No es bueno denotarles complicidad. Licha se lo dijo muchas veces: una vez que te amarras a un hombre, le perteneces a él toda la vida.
Aurelio Compeán era el padre de Zuly Guadalupe. Él también se fue al Norte; lo había aprendido de su padre y éste del suyo, y así hasta el inicio de la cadena, justo con el primer bracero del pueblo, quien decía que el destino de los hombres de ese lugar era andar como animales errantes. Tan pronto los jóvenes encontraban hembra en aquel sitio, se juntaban con ella. La luna de miel apenas duraba un par de meses. Después, decidían que lo mejor era irse, porque la fortuna estaba lejos, muy lejos de ese rincón olvidado por el gobierno, por Dios y por el diablo.
Entonces los tiempos no eran tan difíciles. Los braceros que regresaban presumían que a ellos les había costado menos trabajo dar el brinco. Los gringos —decían— vinieron por nosotros. Nos rogaban que trabajáramos allá, porque ellos estaban ocupados en el frente de batalla.
Así fue como la guerra obligó a Aurelio Compeán a hacerse cargo de las faenas que los güeros no podían hacer. Pero suele suceder que cuestiones tan drásticas como la guerra cambian por completo la vida de la gente. De ahí que aquellos hombres no sólo se hayan visto obligados encargarse de casas y trabajos ajenos, sino que también tuvieron que entrarle al quite con mujeres que no eran las suyas.
Lo anterior tenía una especie de lógica intrínseca. Un engranaje que funcionaba a la perfección en contrasentido. En ambos lados de la frontera proliferaron las mujeres solas. Pocas diferencias había entre ellas. Unas aguardaban la llegada de los que se habían ido para luchar por la libertad defendiendo a su país. Otras, por su parte, esperaban el retorno de los ausentes que también habían ido al otro frente, a tratar de ganar su propia guerra; aunque en este caso el enemigo no eran nipones orgullosos ni alemanes sobreestimados, sino el hambre, hambre pura y una jodidez que mordía como perro.
También hubo una desbandada de gringos desertores que enfilaron hacia el sur y encontraron cobijo en brazos ajenos, brazos de mexicanas. Así fue como se desdibujó esta especie de universo paralelo dividido por un río, y así es como ha venido funcionando desde entonces.
Un día, sin más, el padre de Zuly apareció en la terminal de autobuses del pueblo. Pero esta vez no traía cajas ni regalos ni chucherías. Sostenía en el regazo lo que a todas luces era un bebé, envuelto en una cobija descolorida y polvorienta. Cuando el recién llegado estuvo cerca de Licha, su esposa, le hizo una seña para que recibiera en brazos el cargamento.
—¡Jesús! ¿Y esto? —la mujer no atinó sino a mostrar su asombro.
—La patrona tuvo broncas —dijo Aurelio, evitando a toda costa que su vista y la de su esposa se cruzaran.
Camino a casa le explicó el lío. Al parecer la mujer que lo empleaba como jardinero tuvo sus quereres con otro hombre. Creía que su esposo había muerto en la guerra: hacía meses que no recibía noticias de su cónyuge. Aurelio relató todo a detalle, podría decirse que maquinalmente, lo cual levantó sospechas en su esposa.
—Total que la señora, con la chamaca (porque es niña) recién nacida, recibió la noticia de que el marido estaba vivo y a punto de llegar —mientras hablaba, hacía lo posible por mirar de reojo la reacción de su esposa—; así que ayer mismo me dijo que me regalaba a la niña, con la condición de que me viniera pa'cá... hasta un fajo de dólares me dio.
Por respuesta obtuvo un prolongado silencio. Su mujer lo escuchaba atenta en apariencia. El relato le parecía tan inverosímil como la repentina capacidad de aquel tipo pazguato y agreste para memorizar hasta el mínimo detalle de la historia. Cuando llegaron a la casa, el bracero observó a sus hijos sentados a la mesa. Cuatro bocas engullían frugalmente un plato de frijoles de la olla y daban cuenta de un kilo de tortillas a medio envolver en papel estrasa.
Aurelio recorrió con la vista a los pequeños comensales, como el macho que regresa de cacería y verifica que la camada esté completa, tal y como la dejó antes de salir de la madriguera. Sin embargo, algo llamó su atención: apostado en una de las esquinas, un niño de dos años apenas, de rostro blanco, cubierto de pecas y sonrisa pícara lo miraba sin recato alguno. De un salto, los otros chiquillos dejaron su lugar y se fundieron en un muégano de abrazos con él.
—Niños, dejen a su padre; viene cansado —la abnegada esposa, adelantó a su marido al cruzar el umbral y depositó la delicada carga sobre un sillón rojo forrado con plástico.
—¿Papá? —el niño pecoso y pelirrojo apuntaba a Aurelio, buscando una respuesta afirmativa en la mirada cómplice y complaciente de su madre.
Aurelio Compeán podría ser el más pazguato y agreste de su tipo; pero eso no quería decir que fuera estúpido. Así que esa tarde sintió sobre su espalda un peso más agobiante que el de todos los canastos con naranjas que pizcó el primer año que se fue al Norte. Era una sensación que empezaba en el pescuezo y terminaba en las corvas. No pudo hacer otra cosa que crispar los puños y llorar pa'dentro, como lloran los hombres cuando la culpa y la rabia se hacen nudo en el cogote. De esta manera Zuly Guadalupe y su hermano llegaron a este mundo: sin más bienvenida que la de un silencio prolongado por los años, de esos silencios tan perentorios que son capaces de velar los pecados más viles, los secretos más hondos e inconfesables.
El padre de Zuly nunca más volvió a cruzar el río. Con los billetes verdes reunidos puso un tendajón que le permitió mantener a su crecida familia. Se convirtió en uno de los hombres más queridos y respetados en el pueblo. Se volvió devoto de la Virgen de San Juan, en las fiestas él era quien se encargaba de comprar los cohetes y las flores para adornar el santuario. La gente aprendió a verlos como un matrimonio ejemplar, sin saber que entre ellos se había levantado una pared cimentada en el resentimiento, la culpa y la desconfianza.
Pronto, los hijos de Aurelio se sintieron hombres al terminar la secundaria y se dieron cuenta de que el futuro estaba más allá de los potreros y la capital. Que había un mundo allá afuera, porque si en algo eran ricos era en deseos, sin importar lo desgarbados o absurdos que éstos pudieran ser. Los cuatro hijos y el niño pecoso decidieron que era hora de tentar a la fortuna y lanzarse a la conquista de sus propias derrotas. Si lo lograban, podían regresar al pueblo igual que los hijos del presidente municipal, con su troca del año y los sueños materializados en una tarjeta color verde.
Pero la cosa para Zuly Guadalupe era distinta. Creció hasta convertirse en una joven bonita y educada. Niña de su casa, la joya de Aurelio. Al final, como sucede cuando entra tiempo en las heridas, Licha también aprendió a quererla. Por eso, cuando conoció a Brayan de Jesús quiso presentárselo de inmediato a su padres. Si bien no era el mejor partido, por lo menos tenía fama de ser un tipo trabajador y responsable.
Fue justo a los quince cuando Gumaro y Chela fueron a pedir la mano de Zuly Gudalupe para su hijo. Gumaro y Aurelio se habían ido juntos al Norte; se conocían tiempo atrás, eran braceros veteranos. En realidad, a ninguno de los cuatro padres les agradaba mucho la idea de que se casaran tan chicos; sin embargo, también sabían que cuando se vive en medio del olvido y el futuro es tan parecido al presente y al pasado, no queda más remedio que echar mano de la primer tabla de salvación que se encuentra luego del naufragio. En el fondo albergaban la esperanza de que Zuly Guadalupe y Brayan de Jesús construyeran, si no una historia distinta a la de sus progenitores, por lo menos una apostilla digna de ser recordada por los nietos y bisnietos.
Al final, la esperanza fincada en aquel matrimonio terminó por diluirse. El jolgorio de la fiesta se convirtió, al cabo de unos meses, en una resaca. Justo cuando la joven pareja cayó en la cuenta de que la vida cotidiana poco o nada tenía que ver con la idea de felicidad que creció en la plaza, en medio de helados de chocolate y a la sombra de un ahuehuete. Brayan de Jesús fue el primero en notarlo. Si bien su suegro tenía modo de ganarse la vida dignamente, lo cierto era que él, como hombre de la casa, no podía permitir que el padre de su esposa los estuviera manteniendo.
No quedaba más que dirigir la vista al horizonte y enfilar baterías en pos de la tierra donde su padre le había dicho que los dólares se recogían hasta con escoba. Igual que sus amigos de la secundaria, igual que sus cuñados, Brayan tomó la decisión de orientar la brújula hacia el Norte. Y esa noche, tras ponerse de acuerdo con los demás, llegó a su casa y compartió con Zuly Guadalupe el plan que se cocinaba en su cabeza. Ella no se mostró sorprendida. Licha le habló sobre eso tiempo atrás, cuando, a petición de Aurelio, tuvo que hablarle sobre las cosas que deben hablar las mujeres antes de estar con un hombre.
—Ándale, dile cómo y qué, pa' que luego no me la hagan taruga —le pidió Aurelio a su esposa —también dile que no se haga tantas ilusiones, porque los hombres de aquí sabemos bien cuándo nos vamos, pero nunca si vamos a regresar.
Por eso la recién casada decidió hacer una fiesta con su boca, la anatomía de su hombre y las sábanas de su cama. Como nunca, exploró aquel cuerpo. Descubrió nuevos sitios, nuevas sensaciones; redescubrió otros, sudando, gimiendo. Mientras Zuly montaba a Brayan sentía que sus caderas la llevaban a un páramo distante, uno donde las fronteras son lo que de verdad son: meras líneas imaginarias, creadas para prohibir las idas y las venidas de la gente. No era el deseo lo que la empujaba, sino el miedo y la incertidumbre que preceden a toda despedida. Quizá por eso también hubo lágrimas durante el festejo, porque Zuly Guadalupe estaba conciente de que bien podría tratarse de la última oportunidad que tenía para aprisionar al verdadero amor entre las piernas.
Al día siguiente, Brayan de Jesús metió la muda de ropa dispuesta a una mochila y se acercó a su mujer. Le dio un beso en la frente y ella lo colmó de bendiciones, aún no terminaba de cruzar la puerta, cuando Brayan escuchó los sollozos de Zuly, su Zuly Guadalupe. La amaba de verdad. Era la única que valía la pena en el pueblo, no importaba si decían que Licha no era su madre o que era hija de Aurelio y del pecado. Él estaba convencido de que la virgencita le había puesto enfrente esa criatura, y por ser mandato del cielo estaba dispuesto a quererla por siempre, no le hace que le dijeran que el amor vuelve estúpidos a los hombres.
Una camioneta iba a llevarlos a hasta la frontera. Se habían cooperado entre varios para pagar la gasolina. Eran siete en total, jóvenes casi todos. Juanjo Narváez se encargaba de llevarlos. Cada semana hacía lo mismo; a veces con la camioneta repleta. En su juventud había sido pollero de los buenos: hasta tres cargas por día por la mera garita. Puro compa nacional, decía, porque es menos brete en los retenes.
Ese día, Juanjo condujo hasta entrada la tarde. Los dejó en Hermosillo, cerca de la central. Lo demás ya era cuestión de ellos. Había que ir ahora hasta Nogales, por lo menos, y después buscar un coyote que los metiera al desierto. Durante el trayecto a la frontera, el grupo se hizo más numeroso, hombres y mujeres que venían de Zacatecas, de Puebla y Michoacán; hasta una familia entera (ambos padres y dos niños) de Guanajuato se unió al convoy que perseguía los sueños como la palomilla que alguna vez se dirigió a Oz buscando lo mismo.
Esa fue la última vez que se vieron todos juntos. La travesía cobro peaje: niños y mujeres primero. Brayan de Jesús logró llegar a Phoenix, deshidratado, maltrecho. Aun así encontró trabajo en una lavandería y le envío dólares a Zuly junto con las cartas. Primero eran hasta cinco al mes (le decía lo duro de la vida allá y lo mucho que la extrañaba), luego se hicieron menos (pero que poco a poco estaba acostumbrándose) hasta que llegó la última carta (para decirle que se iba a otra ciudad), luego un silencio prolongado, cruel y una ausencia que calaba más que el frío.
Lo primero que Zuly Guadalupe compró fue el vestido floreado que siempre se pone para ir a esperar el autobús que viene de Hermosillo. El mismo con el que se tomó las fotos para mandárselas a su Brayan de Jesús, para que no la olvidará nunca. Ella había hecho ya lo propio con el retrato de él. Lo mandó enmarcar y lo puso en el buró. Cuántas veces lo imaginó ahí en la cama, cuántas veces imaginó que eran las manos de su marido y no las suyas las que la acariciaban.
Licha le dijo un día que la ausencia y el olvido son dos asesinos implacables. Son los únicos —le aseguró— que matan cosas tan fuertes como el amor o el odio. Pero Zuly Guadalupe se resistía a creer, ¿por qué hacerlo? A lo mejor quería que fuera infeliz como ella y por eso le decía tantas tonterías; quizá de verdad no era su mamá, como decían algunos en el pueblo.
A la ausencia y el olvido se sumó la desgracia: Aurelio y Licha Compeán murieron en un accidente, y una semana más tarde, los hermanos (incluido el pecoso) no lograron evitar al tráiler que acabó de frente con sus deseos de dar cristiana sepultura a sus padres.
Sin más, la soledad sorprendió a Zuly Guadalupe antes de cumplir los veinticinco. Y fue la misma soledad, alcahueta y buscona, la encargada de proveerle un tendajón heredado y una maraña de galanes que pululaban en torno suyo tanto con buenas como con malas intenciones. Y aquella señora guapa mantenía la turba a raya con el solo recuerdo de su Brayan de Jesús, construyendo la esperanza día a día, aunque ésta fuera de naipes.
Por eso hoy (como siempre que se llega la fecha señalada en la última carta para el regreso) Zuly Guadalupe va a esperarlo. Se lleva consigo las cartas a la terminal, para leerlas una y otra vez, llega el autobús proveniente de Nogales y Hermosillo. El corazón le da un vuelco cuando escucha el anuncio. Le da pena ser tan obvia; pero en el fondo también quiere ver la geta de todos cuando su marido baje del camión y la sofoque con tantos abrazos. Quiere escupirles en la cara los ramos de flores, los piropos y las miradas soeces que la acompañan a todas partes.
Licha también le dijo que a los hombres les gustan las mujeres solas porque cualquier idea de compromiso los asusta. Son cobardes, m'ija —decía—, tan pronto ven la oportunidad, cambian el rumbo fácilmente como un caballo sin rienda. Zuly, sin embargo, prefirió pensar de otra manera y edificó su desventura con quimeras.
Junto con ella están otras mujeres, también a la espera de sus hombres. Poco a poco van apeándose uno por uno. Sombreros, camisas de seda y oro en abundancia, nada queda de aquellos que meses antes habían partido apenas con el miedo y la zozobra en la mochila. La joven esposa aguarda con fingida paciencia hasta que el autobús se vacía por completo. Y justo cuando una ráfaga está por derrumbar los naipes de su esperanza, emerge una figura que ella intuye conocida.
Un hombre baja del camión presa del desconcierto. En su rictus se advierte algo de contrariedad, como si estuviera viviendo una vida que no es la suya. Las demás parejas se han ido para entonces. Zuly Guadalupe se acerca al hombre y le da un beso en los labios. Él permanece impasible. Busca respuestas en los ojos azules de la mujer que lo ha besado. Zuly Guadalupe encuentra refugio en aquellos brazos que la abrazan como nadie lo había hecho desde hace mucho.
Ambos enfilan hacia la casa. Él dejándose llevar; ella, guiándolo y recibiendo a su paso decenas de miradas. El barullo del billar mengua hasta volverse una secuencia de cuchicheos en sordina. Quizá Licha estaba equivocada, quizá la suerte sí va a sonreír a Zuly Guadalupe.
En casa todo está dispuesto. Mesa para dos y un olor a caldo de espinazo, un baño con agua tibia, un masaje para relajarse: tanto tiempo sentado en el autobús debió dejarle la espalda deshecha. Ella misma lo desnuda y le dispone una toalla limpia para que se seque. Luego, lo espera tumbada en la cama. Mientras alisa los pliegues de su vestido ríe para sí, complaciente, complacida, pensando que todo este tiempo se lo había puesto para que su esposo la reconociera entre las demás.
En el baño deja de escucharse el sonido del agua estrellándose contra el piso. El recién llegado sale con la toalla amarrada en la cintura. Se dirige adónde está Zuly y se sienta en el borde del colchón. De pronto ya no está sola; de pronto todo parece dar un giro y aparece aquel tipo como espectro, llegado de quién sabe donde, sin dirigirle una palabra, con la firme intención de estar a su lado. Ella comienza a quitarse el vestido, lo dobla con cuidado y junta la desnudez de su alma y de su cuerpo con las de él. Qué importa si es un hombre o si es un fantasma; qué más da, si lo que quería era llegar a cualquier sitio y disfrutar de la sensación reconfortante que da el regreso a casa.
No importa que sean brazos ajenos, no importa nada en realidad. Por eso, antes de abandonarse a sentir aquellas manos que hurgan su entrepierna, Zuly Guadalupe estira el brazo y toma el retrato de su Brayan de Jesús del buró y lo pone debajo de la cama, junto con su ropa, pues está segura de que sin el vestido a su hombre le resultará imposible reconocerla en este momento.

 


Juan Gerardo Aguilar