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En uno de los mayores momentos de contrastes y delirio en América Latina, la obra de Maurizio Medo (Lima, 1965) parece decirnos que se escribe poesía porque algo no anda bien en el mundo. Una suerte de paradoja hace de la catástrofe una grieta por donde surge la lucidez. Así se crea una voz poética –desconfiada y solitaria- que sólo se reconoce a través del desborde del lenguaje y que se va componiendo a través de los retazos del autor, hasta hacerlo desaparecer en su propio escrito. |
Con esta nueva publicación de Manicomio, por la Regia Cartonera, se reafirma que la poesía latinoamericana ha ensanchado sus narices para obtener un nuevo oxígeno. Manicomio es una suerte de limbo dantesco, un recorrido por las obsesiones y la literatura que, al igual que Ulises, Eneas o Dante, tiene que bajar al inframundo en busca de respuestas. El libro está habitado por personajes desquiciados, obsesivos, paranoicos y la literatura parece ser una suerte de locura sin salida, y necesaria para vivir. De ahí que sea Maurizio el que nos comente un poco más sobre este libro arriesgado.
Nérvinson Machado: En Manicomio recibes al lector con una bofetada alucinante, en el poema Rutina dices: “limpio el WC de la inmundicia/ que une al hombre con la vida”. ¿Es acaso un decreto de expulsión de la belleza en la poesía?
Maurizio Medo: En la poesía que llegó a mí, fundamentalmente a través de Vallejo y Parra, la concepción de una belleza apolínea ya había sido, felizmente, expulsada, así como el propio poeta lo fue del Olimpo. Ahora, Nérvinson, la idea no está escrita en función de ese hipotético lector. Lo sabemos, en su mayoría el lector es otro poeta.
N.M.: Foucault dijo que el loco es aquel al que no se le toma en cuenta la palabra, me pregunto ahora dos cosas: ¿el poeta es ese loco foucaultiano? y la otra: ¿La poesía es un buen fármaco para esta sociedad esquizofrénica?
M.M.: Yo no creo que la poesía pueda estar en contra de algo, salvo sea la muerte. Escribimos desde la enfermedad mental desde la sociedad, somos hijos de esa enfermedad y, por ende, nuestra escritura no tiene facultades curativas, solamente pone en evidencia esta enfermedad.
N.M.: Los poemas de Manicomio parecen intentar desbordan la razón, logran hacer circular en el mismo sitio personajes como Alicia, Carrol, un falso Ginsberg, Rimbaud, Vallejo, Dante, Virgilio, Pound y hasta Medo, entre otros. Todo ellos hablan, gritan, se esfuerzan en perpetuar el diálogo, lo cual dé a preguntar si ¿esto no obedece a ese impulso nemotécnico por el que parece estar atravesando una buena parte de la literatura actual? Es como si los escritores intentaran establecer un norte mirando hacia atrás en una época que apunta a todas partes. ¿Qué nos dices tú sobre ello?
La pregunta que te haría es ¿qué debemos entender o qué debemos asumir como “poesía actual”? Te digo esto pues, en este momento, en este mismo momento, te puedo asegurar que se está escribiendo un poema a las orillas de la “poesía de la experiencia”. También en este momento se está escribiendo otro que apuesta por una composición fragmentaria, casi aforística y, simultáneamente, otro más, pero este es uno que rima, desde una composición de endecasílabos. Vivimos un momento en donde el poema convive con una serie alucinante de objetos sémicos, de los que incluso se podrían dudar si es que formalmente son, o no son, poesía. Entonces eso actual puede terminar siendo una abstracción más que una referencia o una clara señal. Se intenta establecer un norte mirando hacia atrás, de acuerdo, siempre que ese “atrás” signifique la tradición. Este norte es un espacio de diálogo, de intervención, de cruce. Dialogar con la tradición es intervenirla, ya no desde la dictadura de un método único para ello. Hace unos meses, cuando buscaba un título para una lectura de la poesía latinoamericana, por cierto, este saldrá muy pronto, dialogaba con nuestro amigo Héctor Hernández Montecinos. Cómo se podría llamar, le pregunté. Su respuesta fue: la traición de la ruptura, ¡y es así¡ hemos pasado de la tradición a la traición (de la ruptura). Algunas escrituras, la de Héctor es una, apuestan por este tipo de diálogo, y por este tipo de intervención.
N.M.: Perú en los últimos 30 años ha tenido cambios significativos, tanto políticos como sociales. ¿Hay algo de esto en tu poética?
M.M.: Sí, en el libro aparecen “momentos” que dan cuenta de la violencia política vivida en mi país entre los años 80s y 90s a través del levantamiento de las hordas asesinas de Sendero Luminoso. El número total de muertos y desaparecidos causados por este hecho se puede estimar en 69,280 personas. En esos años uno vivía con la sensación de que cada podía ser el último. Uno salía sin saber si regresaría a casa, o habría aún una casa. Esto es literal pues, una vez por un cochebomba, y otra, a raíz de la detonación de la embajada norteamericana, mi casa reventó dos veces, entiende, reventó, ¿sabes lo que es volver y encontrarte que aquello que es tu casa aparece como un montón de despojos?
Si bien la poesía en sí ya es un acto político (y hacemos mal cuando pretendemos “reducirla” a un compromiso con la historia, pues la mayoría de veces termina absorbida por esta) y esta puede devenir por una vía alterna a la de la realidad, como ocurre, por ejemplo, en la escritura de De Jolly, un poeta chileno interesantísimo, la violencia política en el Perú fue una realidad que superó incluso a la ficción y, sí, fue inevitable, están esos “momentos” a los que me refiero dando cuenta de ello.
N.M.: Esa sensación polifónica que tiene el poemario, y ese remate con el test de Rorschach¿tiene algo que ver con disgregar al autor hasta un punto donde logre desaparecer por completo de su obra? ¿…Será esto una condición del siglo XXI?
M.M.: Yo creo que el concepto de autor ha sido disgregado hace rato. Pienso en México, ¿cómo queda el “yo” en “Contracorriente” de Teddy López Mills, cómo en “Cuaderno de Agua” de Jorge Solís Arenaza? Y esto ocurre también en “Manicomio”, un libro aparecido en el 2005, y tanto así que esta idea, la de un destrozo o desmembramiento de ese que escribe, se radicaliza en “Sparagmos” (2008), término griego utilizado para designar el desmembramiento, que es lo que las Ménades de Tracia hicieron con Orfeo. “Sparagmos” está construido sobre la base del “Manicomio”, un libro en lo que se puede ver es el cuerpo muerto del autor hasta llegar a la desaparición de este, a través de los autores amigos que participaron en “Sparagmos”, con la transcreación y reescritura de los textos originales.
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N.M.: ¿La poesía actualmente ofrece algún tipo de desafío al lector?
M.M.: ¿Qué poesía no implica un desafío para este? Libros como Petites Poésies pour jours de pluie et de soleil, de Edmond Jábes, toda la obra de Lorenzo García Vega, los Papeles Salvajes de Marosa Di Giorgio u otros como Purgatorio, de Raúl Zurita, El Cutis patrio de Eduardo Espina o Demonia Factory de Ernesto Carrión, son, constituyen, un desafío, y no para el lector, no interesa el lector, para lo que puede decir una escritura. El problema es que, y esto incluso entre lectores-poetas, muchas de estas tendencias son o mal interpretadas, “pura palabrería”, dicen, o descontextualizadas del concepto que las origina. |
N.M.: Quisiera que habláramos un poco sobre la poesía Peruana, sobre todo ahora que Vargas Llosa es un Nobel y para una gran cantidad de personas la literatura del allá queda reducido a eso, ¿qué nos puedes decir tú sobre este hecho?
M.M.: Lo primero que te podría decir es que Vargas Llosa como poeta es horroroso. Creo que nadie puede discutir los méritos de Vargas Llosa como escritor, incluso los más escépticos podrían decir que está a la altura del Nobel, aunque no sé cuál sea la altura del Nobel. Pero conviene aclarar algo, de plano, el triunfo de Vargas Llosa, aunque él generosamente diga lo contrario, no es del Perú, o mejor dicho, de su literatura. Es absolutamente personal. Es un reconocimiento a su tesón, a su perseverancia, a su devoción por la escritura. Ahora el país se vanagloria, se le rinden homenajes, luego de que se le amenazara con despojarle incluso de la nacionalidad durante el fujimorato. Creer que el “triunfo de Vargas Llosa es de los escritores peruanos” es una sandez.
Ahora bien, en el Perú la poesía y la narrativa caminan por rumbos ajenos entre sí, quizá porque la narrativa tiene como norte el mercado, y por ende está regida por sus leyes, dígase público, dígase demanda, dígase consumo. La poesía, felizmente, no tiene un mercado.
N.M.: ¿Se puede hablar de una poesía peruana?
M.M.: Te comentaba sobre ese libro que estoy por publicar, justamente en el prólogo hablo sobre ello, pero refiriéndome a la concepción de lo latinoamericano. Los términos “poesía peruana”, la cual no es del todo válida mientras no se incluya ahí a las manifestaciones de las lenguas indígenas, “poesía mexicana” o “poesía chilena”, terminan siendo el anuncio de un viaje que nunca se emprende y que, usualmente, queda reducido a un paseíto por el borde de los jardines más próximos. Esas “poéticas nacionales” terminan siendo manifestaciones del centralismo que caracteriza a nuestros países. No creo que hoy, ya a la luz del siglo XXI, se deba hablar en estos términos. Vivimos un tiempo en donde “lo que se habla” está generado por los cruces y derivaciones de los encuentros de una y otra tradición. A mí me causa mucha risa que, por ejemplo, en México, se diga que dos poetas, a los que admiro y quiero, como son Alejandro Tarrab y Rodrigo Flores, escriban como “sudamericanos”, y más específicamente como chilenos. No me jodan pues. Esos síntomas de conservadurismo también existen en mi país, cómo no, pero creo que ninguno se puede comparar con el del lector mexicano, pese a que han surgido espacios, como en las escrituras de Tedi López Mills, Julián Herbert o Eduardo Padilla, en donde ya no cabe más esta dicotomía sur-norte, norte-sur. Eso es algo tan reaccionario como buscar “el compromiso social de la poesía”, típico de los 70, una comprometida con casi todo lo que podía comprometerse, menos con lo que debía, el lenguaje.
N.M.: ¿Quiénes crees que son las voces actuales más prominentes de Perú?
M.M.: Te puedo hablar de aquellos a quienes tengo en mi biblioteca, con lo que esto implica, apreciar sus libros, cuidarlos del “préstamo”, releerlos. En mi biblioteca están Mario Montalbetti, Róger Santiváñez y Rafael Espinosa. La pregunta sería, ¿están ahí como “poetas del Perú”? Pues no, se encuentran con Juan Luis Martínez y Marosa Di Giorgio, con Mario Arteca y Paco Benavides, con Raúl Zurita y Roberto Echavarren, con César Eduardo Carrión –su libro por venir “Instrucciones para armar un travesti” es excepcional-, Alejandro Tarrab y Juan José Rodríguez. Mi biblioteca es un caos.
N.M.: Hablando un poco sobre la editoriales independientes; en el último tiempo se han dado una serie de cambios radicales en la Galaxia Gutenberg, por un lado el internet y los apologistas de la nuevas tecnologías y por el otro, los conservadores que ven el libro de una forma determinada, como si la cárcel de papel que se conoce ahora desde siempre ha sido así. De acuerdo a esto, ¿ves futuro a este tipo de editoriales? ¿Por qué?
M.M.: Yo desconfío un poco de la internet, es como la lengua en la fábula de Esopo, la mejor y la peor de todas las cosas. Sobre las cartoneras y las ediciones independientes, como por ejemplo Aldus, FUGA¡, Cascahuesos, no es que les vea algún futuro, son el futuro. Para mí se constituyen en una obra de construcción artística, generan su propio circuito y la poesía, Nérvinson, parece destinada a sobrevivir a través de su lectura en pequeños clanes.
N.M.: Quisiera hacer una última pregunta, ¿qué le dirías a un poeta como Leopoldo María Panero, que desde hace mucho vive en un psiquiátrico?
M.M.: A mí me parece legítimo que un poeta viva en un manicomio. En el Perú tenemos el caso de Martín Adán quien, voluntariamente, se asiló en el Larco Herrera desde 1937 y a lo largo de más de diecisiete años. Incluso su tesis doctoral en letras De lo barroco en el Perú (1938) fue escrita en este nosocomio, razón por la cual, existen sobre esto algunas leyendas, esta tesis fue inicialmente rechazada. La biografía de Martín Adán es algo que nunca se ha podido concluir, siempre hay vacíos –“los locos están afuera”, decía él. Creo que el único que podía jactarse de saber todo en cuestión al respecto de ella era su editor y amigo, Juan Mejía Baca. Otros conocen una u otra anécdota. A través de Mejía Baca tuve la ocasión de conocerle en 1982, pero no puedo referirme a ninguna anécdota en particular, más allá de la lectura del diario. Entonces, date cuenta, este tipo, uno de rancio abolengo, hizo del manicomio un muro entre él, y su sombrío exilio interior, y la civilización. ¿Es el caso de Panero? Más allá de su excelente poesía, sobre todo la inicial, creo que su vida está de dentro del manicomio a las luces y las canciones de Bunbury. No es un exilio y, sobre todo últimamente, ya parece un espectáculo del Mondragón. No tendría nada que decirle, no me interesa decirle algo.
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