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ethos
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Todas las noches sueña que un camión la arrolla en plena autopista. Así lo narra al entrevistador de HBO quien realiza un documental sobre el  mundo porno. Jura, ante el lente de la  cámara, que su  vida es un chiste porque su incursión en el llamado cine adulto sólo le sirve para ganar unos dólares y mantener su vicio de coca. En eso yo tengo mejor suerte, pues vivo las escenas con todo el goce que requieren. Por eso gano más y me consideran para actuar en  verdaderos dramas  con sustancia.
Es que ningún trabajo puede conseguir un dinero tan fácil y rápido. Además, trabajar de escolta requiere de unos encantos óptimos que ni ella ni yo tenemos. Somos mujeres jóvenes, pero los requerimientos del oficio nos dejan grandes cicatrices en forma de estrías  en  algunas partes de nuestros cuerpos.  Pero ella es la más valiente de todas nosotras (Señala a la otra).  Cuando el productor se niega a pagarle, ella lleva su reclamo al “Magnate” cuyo nombre aparece en los títulos del filme como balas luminosas que perforan un fondo de acero. Al productor le hieren el ego, le recuerdan como fueron sus inicios en el negocio, le resucitan memorias de las veces que fue perforado por 2, 3, 4, 7 actantes en una sola escena y siempre recibió su salario. La humillación es irresistible. Busca el dinero y los sobrecitos de coca. Se los entrega a ella como pago por aquel “performer” mal planificado. El productor le agradece. Ella chasquea sus dedos y camina hacia la salida. El productor entonces  le dispara en la espalda y sigue disparándole cuando ella cae sobre la alfombra del plató. Otro  disparo solitario arranca más gritos en el estudio. Ahora son dos cadáveres con ojos desorbitados, impotentes ante el corre y corre de pies descalzos, zapatillas y sandalias  falsas,  como todo en este negocio.  El “Magnate” se encabrona cuando perjudican sus filmes. Sin remedio, ordena a su alcahuete llamar a la policía.

Todavía espera que el sueño del camión se le haga realidad. Al menos, para mi ventaja, ya no tengo que depositar en mi interior las  inmundicias de nadie.
Carlos Rivera