e comiste todo el tiempo. No seguiste la secuencia, ni el orden acumulativo de los fenómenos. No te importa el tiempo. Gastaste varias temporadas tratando de emular la disparidad espacial con su pérdida de encaje. Te comiste todo el tiempo: circular, cuadrado, piramidal. Te moriste varias veces. Caíste en varias explicaciones tratando de coincidir con alguna hipótesis nula. Te lamiste todo el tiempo en habitación inicial. Has recorrido infinitos ciclos de un lado para otro. Y no logras encapsularlo. Mucho menos digerirlo. Te miraste todo el tiempo. Atemporal-efímera-irrisoria. Varias veces te mordiste a ti misma, con el propósito ancestral de salirte; precisamente, de esto: el tiempo.
Y dejaste de escribir. Dejaste de pensar. Dejaste de simular varias posiciones por algunos segundos. Tus canas se desvanecían entre la leche de los pájaros huraños, buscabas combinaciones al revés; coincidías varias noches con los mismos amores. Mientras te infiltrabas en listones silenciosos que diluyen colores entre algunos aforismos caprichosos. Pero: nunca nos tocamos. En realidad todo es vacío. La primera vez que te saliste del tiempo tus dibujos no correspondían a las emociones de la época. Entonces te diste cuenta de la blasfemia que representa toda connotación histórica. Bailabas y tronabas alguna metáfora de San Agustín. Y te saliste y regresaste. Con el cuerpo desvanecido por la transmutación temporal. El Ser y el Tiempo no corresponde precisamente a ésta época –pensabas-. Entonces, preguntaste: ¿Qué es lo que pertenece exactamente a esta metáfora a que llaman presente?
Te bañaste dos veces en el mismo río. Lo lograste, sacudiste, la paranoia heracliteana. Pero, como decía algunos renglones arriba, regresaste y tu cuerpo no era el mismo.
Probablemente dejaste alguna parte de tu aura encajada en una de esas geometrías celtas que lograron seducir tus vértebras mientras tratabas de reconfigurar el arcoiris amarillo. Mientras tratabas de remendar tus errores de otros tiempos. Llegaste al tiempo del error. Y no precisamente lograste modificarlo en absoluto. Las puertas necesitaban otros colores, inciensos, luces y secretos, que aún no estabas dispuesta a dirigir. “Sólo lograste desterrar algunos espíritus” Otros: aún permanecen.
…
__________________________________________________::::::’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’estamos en todos los tiempos entran escenas en todos los tiempos a veces pensamos cosas que no coinciden con el espacio que estamos pensado
A veces, a veces divagamos tanto:
Estuvo bien que le dijeras al Marciano que tirara los huesos de coyote con pelicano que había recogido en alguno de los viajes a la Baja. Esa muerte no tenía correspondencia con el balcón y mucho menos con los patines del hockey. ¿Lo enterraste?. No, no, lo enterré.
Porque en una dimensión astral, en la misma habitación del personaje principal de estos renglones, habitaban toda una confederación de animales marinos. “Son todos esos espíritus que se le pegan en el cabello cuando pierde la conciencia dentro del mar, mientras surfea y piensa que puede volar con las olas”
Al final no hay final, no nunca lo hubo:
Estoy escribiendo en un tiempo y ritmo, que últimamente he olfateado dentro de cierta atmosfera comercial. Procuro escribir en presente, sin declinaciones temporales. Pero a veces la escritura –súbdita de la historia- necesita adherirse a ciertos patrones lógico-lineales para poder portar una comunicación efectiva. Peor aún: cuando trata de sumergirse en circularidades temporales, siempre subyace el deseo de la gramática euclidiana, a posicionarse en cierta dialéctica que se vuelva mesurable, digerible, domesticable. Lo caótico aún nos provoca terror. No superamos el fundamento que tanto detesta Hegel. Nos gustan los caminos bien trazados, las explicaciones claras. La vida bien ordenada. Por cierto: ¿Qué hora es?
Karla Villapudua. |