Siempre me han dicho que los museos funcionan con su propio tiempo, más allá de la tiranía de las manecillas del reloj. Camino por ellos y voy trazando mi propio tiempo en cada época que reposa en los objetos que veo. Así he aprendido de mi voz, como el itinerario que sirve para orientarme en este manicomio de los vivos.

Veo mi estómago y estoy a punto de abrirlo para ustedes. Adentro guardo un jarrón Griego con una pintura que describe a Moctezuma dándole un abrazo a Cortés con cara de no saber por qué hace eso; una momia egipcia todavía sonriente; una bala perdida de la Revolución Mexicana salida del arma del mismísimo Pancho Villa; el martillo con el que bautizaron a Trosky con mi nombre. Pero mirando mi interior, intuyo esa forma que los museos pudieron adoptar. Adentro siempre llueve y la lluvia cae en forma de letras. En mi museo, son los vivos los que posan para los muertos.

Caen mis palabras, pero nadie se moja. Los locos saben que cada sílaba es miga de pan con la que marco el camino por donde han de transitar los demás. El problema es el mundo de los vivos; su gran manicomio lleno de personas cuerdas. No somos los muertos los mudos, sino ustedes, los vivos, los sordos. Y no me queda más que despedirme ahora, irme para ofrecerle café al tiempo, tratando de que su sabor amargo lo apacigüe. Porque el tiempo es eso: una taza de café que cada día bebo.

Nérvinson Machado