Un poeta disciplinado, de esos expertos en encontrar cacofonías hasta en el trasero de la Madre Teresa de Calcuta, me confesó que luego de un pleito de amenazas de muerte, tuvo que escapar al centro del país. Allá conoció a una alemana de buenas formas que se dejó seducir por sus versos blancos y ese acento de sudamericano con que tan bien declaman los del golfo de México. Ya cuando estaban tirados en la alfombra oliente a orines de gato, el poeta descubrió que la mujer no se rasuraba las axilas.
Esto me lo contó mientras veíamos a una teibolera del Pasarelas, en el centro de la ciudad. Ella me reconoció: Un par de semanas antes habíamos jugado billar en el Fantasma. Con un gesto de complicidad, puso una pierna cerca de mí para que la despojara de sus mallas a mitad del baile.
El Poeta Cacofonógrafo sonreía. Apenas terminó su Tecate y se relamíó los bigotes como gato persa, y agregó: Varias veces soñé que yo era una maldita rasuradora.