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Siente que el sudor acaricia su frente y espalda. Se le pega la camisa al asiento, qué incómoda sensación, siempre es lo mismo a esta hora del día, cuando el sol se posa en todo lo alto y lanza inmisericordes rayos de fuego, calienta el pavimento y las aceras. Sobre todo lo calienta a usted, condenado dentro de su taxi, terrible prisión, tremendo castigo le ha impuesto la vida. No lo soporta, y no es sólo aquella bola de fuego que desde el cielo lo incomoda, bien lo sabe, se trata del tedio que lo envuelve. Se siente harto de esta rutina, ahí nada más, estacionado, esperando a que alguien solicite su ayuda. A esa hora nadie lo necesita, ¿para qué engañarnos?, ¿por qué no mejor regresar a casa y descansar? ¿Qué diferencia habría? La casa está sola y allá tampoco lo necesita nadie. No hay salida, señor taxista, está usted atrapado.
¡Qué pinche calor! Se abanica con el periódico de la tarde, vano esfuerzo por disipar esa terrible sensación. Antes lo estuvo hojeando, ¿no es así?, ese es su entretenimiento durante las horas que transcurren lentas y pesadas, los minutos de ocio se le van viendo los cuerpos mutilados, las caras ensangrentadas, miembros cercenados, imágenes explícitas, la violencia innecesaria alimenta su morbo, señor taxista, pues no le queda más remedio encerrado en aquella máquina de metal caliente. Hoy es un día como todos. Al menos así parece a simple vista, la gente pasa, lo ignoran, apenas lo miran. Nadie necesita a un viejo inútil. ¿Qué sabe hacer? Pues sabe manejar y conoce la ciudad como la palma de su mano, donde cada arruga es una calle y la edad le ha dibujado ya tantas, todas las conoce, igual que esta ciudad maldita. Envejecen juntos. Se pudren juntos.
¿Por qué llora, señor taxista? ¿Le duele algo? ¿Apoco ya se cansó? Si usted mismo está donde quiere estar, no me venga con eso. Usted se sentía inútil, buscó trabajo, no lo encontraba, buscó y buscó, nadie lo quería por viejo. Hasta que por fin le dieron la oportunidad, ¿qué más puede pedir? Ahora es útil, la gente lo necesita, usted les presta un servicio. A cuánta gente no ha conocido por las noches los fines de semana. Aquella prostituta de mirada fuerte; el borracho oloroso y platicador que lloraba por un viejo amor; esa parejita de novios que se comían a besos en el asiento de atrás; el joven ebrio y enfiestado que no recordaba dónde vivía. Conoce sus historias, se las sabe de memoria. Ellos son su familia, señor taxista. Lo sabe perfectamente, nadie lo necesita tanto como ellos. Los demás se fueron, lo abandonaron, usted tuvo que encontrar su modus vivendi en el Ford Crown Victoria noventa y cuatro.
Recuerde sus rostros por un momento. ¿Siguen fotografiados en su memoria? Son borrosos, ¿verdad? No lo puede evitar, la edad se lo va comiendo todo, la niebla de los años cubre sus recuerdos. ¿Cuándo fue la última vez que los vio? ¿Veinte años?, ¿treinta? Usted se hizo solo, señor taxista, nunca necesitó a nadie, ¿por qué los necesita a ellos? Ya casi ni recuerda cómo llegaron a su vida, no se esfuerce, no puede recuperar algo que ya está muy lejos de su alcance. No pagaban mucho en la fábrica, es cierto, pero era lo suficiente para dos jóvenes con grandes aspiraciones. Qué lejos están ahora todos sus sueños, ambos se casaron llenos de esperanza, de planes, viajes, una vida de aventuras. ¿Dónde quedó todo? Lejos, muy lejos. Nunca imaginó que terminaría siendo el chofer de una ciudad enferma de corrupción y crimen. Tan grandes que eran sus sueños y ahora sólo es un puntito más en la inmensa ciudad, ronda por ella como mosca en la mierda. Esas lágrimas no valen nada, no tiene caso llorar su fracaso. Ella nunca derramó una lágrima, recuerde, cuando ellos se fueron los dejó ir como las aves que abandonan el nido, a usted lo embargó una mezcla de emulación y melancolía. Ella siempre fue más fuerte, por supuesto, pero eso no la hacía inmortal. ¿Cómo es que alguien como ella terminó con un perdedor como usted? Por eso se murió, por eso lo dejó solo en este mundo, se cansó de vivir, de la vida al lado de un bueno para nada que no podía conseguir trabajo luego de ser despedido. Por suerte sus hijos ya no estaban. Los chamaquitos tan listos como su madre, ya podían mantenerse solos, solitos los cabrones llegaron más lejos que su padre. Consiguieron todo lo que a usted le faltó, señor taxista, ahora deben estar bañados en dinero, muy, muy lejos.
Tan bonitos que se veían jugando de pequeños, siempre se peleaban por cualquier cosa, compitiendo en todo y usted siempre los calmaba. Jugaba con ellos por horas, ¿se acuerda?, pero tranquilo, no llore. Pinches hijos malagradecidos, ya ni se acuerdan de nada, usted siempre los cuidó, vio por ellos, puso el pan en la mesa y a la primera oportunidad que tuvieron se largaron. Una llamada cada día. Me ascendieron en la chamba, me está yendo a toda madre; la exposición fue todo un éxito, varios ricachones me quieren comprar unas pinturas. Después cada fin de semana. Luego cada mes, cada año, hasta que desaparecieron. No supo más de ellos hasta el funeral de su mujer. ¡Ah, la vieja! Cómo la extraña, ¿no, señor taxista? Era lo único que le quedaba, lo único por lo que valía la pena luchar, seguir viviendo. ¿Quién iba a pensar que los hijos se iban a ir tan rápido, que les iba a ir tan bien? A uno hasta lo tachan de genio, cuando usted nunca pudo entender su trabajo, nunca supo cómo esos monos tan feos que dibujaba de chamaco en las paredes se volvieron tan valiosos. Un montón de rayas y colores, ¿cómo puede alguien vivir de eso? Pero al otro tampoco terminaba de entenderlo, aunque parecía más razonable. Usted nunca fue bueno con los números, ¿qué es exactamente la física cuántica?, pues será el sereno pero su hijo hasta sale en las revistas, sin duda es exitoso y la lana no le falta. Teniendo ambos tanto dinero, ¿para qué quieren a su padre? No hay necesidad de acordarse de él, por supuesto que no. Ni sabe si tiene nietos, tampoco conoció a sus nueras. ¿Qué le queda, señor taxista?
Todos esos años se esfumaron en un instante. La distancia que los mide parece irracional, no puede creer que haya pasado tanto tiempo desde entonces. Hoy está usted sentado en su taxi, encerrado, soportando el intenso calor. Sus hijos Dios sabe dónde y su mujer en el bendito cielo que siempre mereció. La mujer más hermosa e inteligente del mundo, casada con el más grande imbécil. Extraña su comida, era buenísima en la cocina, se sentía usted el rey con aquellos banquetes que preparaba. Hoy tiene que arreglárselas usted, la cocina sola, la cama sola, la casa sola, usted solo. Tan abandonado. Conocedor de tantas historias, protector de tantas vidas y a la vez de ninguna. Dueño de toda la ciudad, de todas sus calles y a la vez de nada. Tanto posee y tan poco tiene. Seque sus lágrimas, señor taxista, de nada le sirven. Soporte el terrible calor como todos los días a esa hora. Conduzca en busca de posibles clientes, perdidos en la ciudad maldita, sálvelos, sólo usted puede rescatarlos, sacarlos de la inmundicia que los rodea, llevarlos lejos. Ellos son su familia, ellos lo necesitan. No se derrumbe, señor taxista. Recorra las arrugas de esta ciudad, tan vieja como usted, y piense que han crecido juntos y sólo juntos van a morir. |
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