E l álgebra me había generado un tremendo dolor de cabeza, pero era consciente de la desventaja de ver disminuida en grandes proporciones la mesada que me daba mi padre, en caso de volver a reprobar, por lo tanto, hice de tripas corazón y seguí tratando de resolver los problemas de tarea.

Mi madre nunca me regañó por mis malas notas en matemáticas, sabía que yo le echaba ganas, que no era lo mío, sin embargo, no dejaba de preocuparme. Tenía rato sin salir a la calle, salvo para lo necesario. Mi madre como siempre con sus ideas de motivación y de tener una buena actitud para alcanzar el éxito, llegó de la nada al cuarto con una sonrisa de oreja a oreja y trató de motivarme.

— Juan, mijito ¿a qué no sabes qué? — la miré con cierta apatía.

—¡Pues que te inscribí a un taller literario de cuento! Yo sé que te gusta mucho leer y a veces escribes cosas, además, escribes muy bonito. ¡Ah! y pues me enteré de que Hermenegildo Ruvalcaba, que por cierto acaba de publicar una novela buenísima “la bata de la mucama” va dar ese curso y pues te inscribí. Comienza el lunes para que estés listo — hice la mejor sonrisa que me salió, aunque en mi interior seguía frustrado por tanto polinomio que resolver.

Ese lunes fui y conocí ahí a varios intelectuales de café, muy sesudos en su mayoría, también alguna que otra señora de sociedad de esas que andan en los eventos culturales y demás para mantener cierto status, pero que siempre están algo perdidas, con su cara de extraviadas.

Pero el personaje que más me impresionó, fue Ruperto Acosta. Él era neurocirujano y siempre tuvo gran afición por la literatura, así que tenía que darse sus escapaditas del consultorio médico para compartir con nosotros sus textos, aunque algunas veces le llegaban mensajes al viper y tenía que retirarse de urgencia.

La dinámica en dicho taller era la siguiente: Una sesión antes Hermenegildo nos daba un temática como detonante del texto, luego entregábamos una copia de nuestro escrito a los demás miembros y uno de los compañeros por decisión personal lo leía en voz alta, mientras tanto, los demás tomaban anotaciones y dábamos la retroalimentación y por último, se le regresaba el texto a su autor.

 

En eso de la tallereada conmigo eran muy complacientes. Simplemente era el nene, dieciséis años. Los efectos de mis textos eran risas y recomendaciones, en realidad pienso que no se tomaban muy en serio mis letras por mi extrema juventud. Pero al que sí le llovía gacho era al pobre de Don Ruperto. Eran realmente mordaces con él, al grado de que a veces bostezaban mientras se leía su texto. Por su parte Hermenegildo era muy objetivo y nada más le sugería detalles por corregir.

En la última sesión antes de terminar el curso llegó Don Ruperto con su seriedad de galeno que tanto lo caracterizaba. Todos empezaron a organizarse, yo leí mi texto sin pena ni gloria y a lo mucho me dijeron “Juanito sigue metiendo talleres se ve que tienes madera de escritor”. Don Ruperto pidió que fuera el último en ser leído, justificando que su texto era demasiado corto, por supuesto que no hubo objeción alguna. Cuando tocó el turno de leer el texto de Don Ruperto, yo me presté a ser el lector de su creación:


EL PARAÍSO IMPERFECTO


—Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de lasllamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en elParaíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse alCielo es que allí el cielo no se ve.


Ruperto Acosta.


Las críticas fueron devastadoras…

—Me parece Don Ruperto, con el respeto que me merece, que eso de entrada no es un cuento, pareciera más un intento frustrado de juntar la malas ideas del tal Jalil Gibrán y algo del estilo de Hesse; en otras palabras lo que usted ha hecho es una especie de aforismo y usó un narrador intradiegético para darle el estatus de cuento, cosa que no le da ni le quita nada al texto—emitió Rodrigo acomodándose los lentes negros de pasta, con cierto tonito de intelectual de café. Él era el experto del grupo en cuestiones de taller y tenía algunas publicaciones en revistas locales.

La señora Florinda la cual nunca aportaba gran cosa, salvo sus clásicos “¡que bonito está!” y cosas que no dan gran idea de si uno hace o no bien las cosas, no comentó nada del texto.

—Pues yo opino igual que Rodrigo, aunque me parece que la idea es buena… pero ciertamente no dice nada nuevo… además está muy fálico su texto — Dijo Lupe que era una chica que estudiaba psicología y en todos sus textos hacía alusión a Freud—

Don Ruperto tomaba notas y rayaba su texto. Yo le comenté que en lo personal no era muy dado a dar comentarios, pero que tomaría en cuenta eso de leer a Gibrán y Hesse porque se me hacía interesante.

El profesor Hermenegildo nada más estaba serio como de costumbre y mirando su reloj, simplemente sonrió y dio unos anuncios de próximos cursos.

Cinco minutos antes de terminar esa última sesión Don Ruperto se paró y pidió sus textos, se los entregamos y antes de llegar a la puerta, los hizo bolita y los tiro al bote de basura. Y dijo unas palabras antes de partir.

—Bueno compañeros de ustedes he aprendido bastante sobre las letras y quiero agradecerles y decir otra cosita: por cierto nunca pensé que saliera nada bueno del tal premio Príncipe de Asturias de literatura…

Casi nadie le prestó atención al comentario, pero Hermenegildo le guiñó el ojo con cierto aire de complicidad. Todos comenzaron a despedirse e intercambiar direcciones y todas esas cosas que suceden cuando se acaba algún curso, después de que se habían retirado casi todos, fui a recoger el papel donde venía el texto del señor Don Ruperto y me encontré que donde tenía su firma estaba tachado y abajo escribió: Augusto Monterroso.

 

David Cano