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Las luces del teatro lo cegaron. Al frente del escenario sólo se veía una mancha negra, ondulante. Se sintió abatido, aletargado aunque detrás de la luz los aplausos fluían con una rapidez estruendosa. El mago Yeo alzó las manos, lo señaló, hizo una caravana y esto aumentó los aplausos, los unió a los chiflidos que bajaban desde plateas, brotaban entre las butacas del tendido como un animal y explotaban jubilosos cerca de él mordiéndole los oídos. Sus ojos sólo alcanzaban a ver en la oscuridad el florecer de los flashes de cámaras fotográficas que emergían con un silencio tembleque y desaparecían tragadas por la negrura del teatro.
Yeo avanzó unos pasos hacia él y los aplausos disminuyeron como si alguien silenciara el ruido de las palmas. Rodolfo dio unos pasos atrás, hizo una reverencia al público, larga la capa plateada al ras del suelo y sin dar la espalda se retiró del escenario. Apenas entró en la oscuridad el cansancio se adensó en sus omóplatos. Las espaldas anchas, algo encorvadas habían tomado un peso que le supo distinto, como si trajera al hombro pesas de más de treinta kilos. Estiró la mano para apoyarse en la pared y apenas tuvo contacto con el muro de madera se sintió mejor.
Había soportado tanto peso desde hacia mucho que ahora no lo iba a doblegar la sensación de pesas en los hombros. ¿No lo habían hecho fuerte, precisamente, esas pesas, los años de gimnasio? ¿No era, gracias a ese esfuerzo, lo que era? ¿No le habían dado las pesas la mejor arma para nunca doblegarse? Le llegó a la memoria la sensación de los músculos tensos por el esfuerzo y al mismo tiempo, poderosos e invictos. Era un atleta, soy un atleta, se dijo. Quiso avanzar, confiado sólo en la verdad de lo que acaba de decir pero la oscuridad tras los telones lo detuvo.
Delante de él, tras el cortinaje, sonaba una música lejana, de mago, una música con flautas, redobles de tambor, el pringoso sonsonete de un piano. Con toda seguridad Yeo estaba por realizar su número de magia. Rodolfo acomodó su capa y vio a lo lejos, aún detenido entre los telones, la luz que mostraba el rumbo hacia los camerinos. Tantos años, siempre, siguiendo un pasillo rumbo a las luces. Las luces del cuadrilátero a lo lejos como las manchas de humedad que a veces quedaban en los vidrios de los lentes, las luces de las cámaras de televisión en el set, los pesados reflectores en los llamados donde Fernando Oses lo esperaba con el libreto en mano. ¿Qué se habrá hecho el bueno de Fernando? Lo recordó flaco, esmirriado, una pluma en la bolsa de la camisa, su aliento a cerveza, la mirada curiosa.
Rodolfo se llevó la mano a la cabeza y se palpó las comisuras argentinas de la máscara. Tantos años con ella. Sus manos se detuvieron en la embocadura, tocó sus labios. La máscara era él, a veces le parecía que su rostro verdadero correspondía a otro hombre, no a Rodolfo Guzmán, sino a otro hombre, a un Ernesto, a un José Luis o Luis Antonio, pero no a Rodolfo.
Allá, en el pasillo, seguían las luces que mostraban el rumbo a los camerinos, a su cuarto con las otras capas en percheros, el periódico con una noticia subrayada en la tarde. Quiso moverse pero no pudo. No quería moverse. Rodolfo, Rodolfo, musitó en la oscuridad, tragado en ella, en ella detenido a su gusto. Afuera seguía el sonido de los tambores, Yeo en posición de acto de magia, el público cautivo como siempre. El peso sobre los hombros no había desaparecido. Rodolfo, Rodolfo, «El Hombre rojo», «El Murciélago Segundo», «Ruddy» Guzmán aparecieron como espectros delante de él. Los reconoció. Se reconoció delante de ellos más grande, la capa más pesada, la sensación de ahogo en el pecho. Alejandro Cruz desfiló a su lado y lo mismo Blue Demon. Blue se veía imponente, las manos en alto después de ganar la pelea en dos caídas. Las luces de la arena semejaban un avispero que descendía hacia el cuadrilátero. Rodolfo apretó las manos, forjó el puño e iba a lanzar un golpe hacia una cortina pero no lo hizo porque al momento Blue desapareció.
Rodolfo se vio bañado en sangre, las manos calientes mientras la afición arañaba los gritos. El «Lobo negro» estaba recargado en las cuerdas: la sangre un emplasto sin color en su rostro. Rodolfo se dio cuenta que todo lo veía en gris, en blancos y negros. Sus manos habían tomado una tez rojiza, el brillo de las butacas, de la lona donde peleó tantas noches. Y afuera seguía la luz hacia los camerinos, alargándose, una cuerda de luz, un cuadrilátero de luz que golpeaba su puerta. Quería ir hacia allá pero no podía, atrapado como estaba entre los telones. Comenzó a desesperarse por la inmovilidad. Vio cuando una mujer tocaba a la puerta de su camerino. La vio esperar, cruzarse de brazos en franca espera. La mujer abrió la puerta, entró. Rodolfo pudo ver la sensación umbría que emergía de la puerta. Al rato salió la mujer, cerró tras de sí y se alejó.
Rodolfo tomó la capa pero el peso en los hombros lo detuvo. Era como traer dos grandes sacos de arena en cada hombro. Comenzaba a ahogarse, sentía arena entrando en los pulmones. Un ruido provino de entre las cortinas y creyó ver a un hombre. Bonales, musitó Rodolfo, y se palpó la máscara plata, apretó los dientes. En la batalla contra él, cuando Bonales le rompió la máscara supo que debía defenderla contra todo. Yo soy mi máscara, repitió cuando el fantasma de Bonales desapareció llevado por los últimos aplausos que emergían aún, calientes, evaporándose de las butacas donde todavía el mago Yeo estaba por iniciar su acto de magia. Se acordó del Deportivo Islas. Sus muros encalados, el gimnasio húmedo, los tacos que comía a veces afuera le produjeron ganas de estar otra vez ahí, de morder esas tortillas calientes, de ver la lona de cuero. Siempre estaba fría a la primera caída pero conforme seguía con las prácticas la lona se calentaba. Eran buenos los tiempos del Deportivo. Pero no es cierto, no, musitó, estoy aquí, en medio de unas cortinas, veo la luz del pasillo.
Se palpó la máscara. ¿Cómo había sido que se descubriera en el programa de televisión? Recordó esa sensación de recién nacido cuando se levantó tantito la tapa y el aire tibio del set de televisión le lamió, goloso, el rostro. Apenas se tapó con el tiempo suficiente para que no le vieran el burdo sonrojo: el sonrojo infantil y senil. ¿Era posible sonrojarse por ser viejo? La cara de Blue Demon y los demás dijeron todo, porque incluso bajo la tela azulada y brillante del rudo, Rodolfo intuyó las facciones contrariadas y duras del demonio azul. Uno no se permitía, a estas alturas, rasgos de debilidad. Pero luego, como si las cortinas dieran paso a nuevos fantasmas, descubrió al rudo tendido en los andenes de una estación del metro, su rostro al aire. ¿Era Blue Demon o era otro? Rodolfo quiso sentarse porque el peso en sus hombros se volvió más fuerte, como si se hubiera duplicado al ver al demonio azul muerto en los andenes del metro. Miró hacia arriba y no descubrió más que los pesados telones, las poleas que se balanceaban siniestramente sobre él.
Cuando bajó la mirada encontró ahora a «El Matemático» con la máscara puesta, viejo, tembloroso, sosteniéndose en su mujer. Lo encontró absurdamente junto a una piscina. ¿Él qué tenía que ver con «El Matemático»? En un instante El Matemático desapareció y en su lugar aparecieron unas capillas blancas y el ataúd donde descansaba el Huracán Ramírez. Se conmovió. ¿Es que voy a ver la muerte de todos mis amigos? Apenas cerró los ojos el luchador se esfumó y en su lugar apareció una arena en silencio, repleta, mientras un hombre gritaba la muerte de El texano. ¿Había muerto El texano? ¿No había peleado contra él un año antes, en la lucha de despedida? ¿Muerto El texano? Vio el cuerpo tendido, amplio como un baúl sobre una cama de hospital, olía a antiséptico. Recordó las luces amarillentas del Toreo de Cuatro Caminos cuando entre El texano y el «Perro» Aguayo lo mandaron al hospital de tanto golpe que le propinaron. Le dio un ataque al corazón en la función. Horacio, su médico, se acercó y le dijo: «ya es hora de tu retiro, no puedes seguir así.»
Siempre había un momento para el retiro. ¿Era ahora?, se preguntó. ¿Es hoy el retiro? Porque incluso cuando El «Perro», El texano y los otros lo habían golpeado a mansalva, al ponerse en pie y dar la espalda a la afición: ¿era eso ya el retiro? Recordó esa tarde. ¿Cómo se podía retirar un hombre en la cúspide de la gloria? Nunca era aconsejable el retiro. Rodolfo quiso moverse, apretó los puños. Que se retiren los que no pueden, que se larguen los cobardes, pensó. Y al momento le llegó el rumor de tantas funciones donde había actuado gratis para ayudar a la gente. ¿Eso era el retiro? Recordó las luces de sets de películas, la manera como Lorena Velásquez, una mañana, le había dicho: ¿otra película juntos? Lorena desapareció apenas pronunció esas palabras y en su lugar emergió la figura esmirriada de su hijo cuando le pregunto si podía seguir su leyenda. La leyenda. ¿Qué era una leyenda? Una historia con más hechos falsos, rumores, con su poca dosis de verdad.
Yeo continuaba su número. No me siento en el retiro. Tosió. El peso en sus espaldas era aún más grande. ¿Qué lo sostenía? Frente a él, entre las cortinas, la imagen del Texano continuaba sin vida y atrás de él apareció la de Gory Guerrero, su féretro café entre unas cuantas coronas de flores y después el de su hijo, Eddy Guerrero, el cuerpo frío entre las sábanas. ¿El retiro? Ya es hora de tu retiro, no puedes seguir así, le dijo Horacio una vez que lo sacaron del Toreo, la sangre le andaba como lenta, atolada. Yo soy El Santo. No puedo retirarme. En serio, ya es hora, susurró Horacio otra vez pero no le hizo caso. E intentó dar un paso entre los cortinajes del teatro, intentó mover una mano, cerrar el puño, pero en su lugar vio a un viejo en su cama, el rictus de dolor. Aún en la vejez reconoció al Diablo Velásquez. ¿Diablo? ¿Diablo? ¿Qué haces ahí? Pero el luchador rudo no hizo por moverse. Rodolfo vio que las mejillas del rudo estaban enflaquecidas. Descubrió la calva lustrosa, la almohada blanca. Estás muerto, Diablo, dijo y al momento un golpe se le clavó en el pecho, como si lo atravesaran los afilados gritos de la muerte.
Rodolfo se irguió pero entonces vio a otro luchador en las sombras, desmayado mientras era sacado de la arena: su máscara negra y dorada. La imagen del viejo en la estación del metro, de Gory Guerrero en el ataúd apareció después de los dolores. Pero no era acaso, en ese momento, cuando Decían: Lucharán, dos de tres caídas y sin límite de tiempo. Junto a él estaban el «Huracán Ramírez», Gory Guerrero y El Solitario. Enfrente El Texano, El «Perro» Aguayo, El «Negro» Navarro y El Signo. Vio al Texano, no en la lona, sino en un hospital y al Perro tirado en medio de la lona de la Arena México mientras lo sacaban en la camilla y vio la procesión silenciosa donde llevaban el cuerpo de El Signo. Le dieron ganas de estar en el gimnasio, en la arena, pero recordó a Fernando Osés con el libreto y Mil Máscaras quejándose de la humedad en el túnel de Guanajuato donde filmaban. Tuvo sed. La sed se le enroscó como algo vivo desde el estómago.
Afuera seguían los gritos de la gente. Yeo continuaba con su acto de magia. Rodolfo quiso moverse pero en su lugar vio el ataúd donde estaba El Solitario. Llevaba puesta la máscara y el dolor lo embargó. ¿Cómo me veré con mi máscara, en el ataúd? pensó. Fue un ataque al corazón, dijo un doctor y ahí estaba El Solitario. Un ataque al corazón. Pensó que el «Diablo» Velásquez también había muerto así, lo mismo que Blue Demon, lo mismo que tantos otros. Yo no moriré, se dijo e intentó moverse, intentó dar un paso hacia un lado pero seguía sin lograrlo. Yeo continuaba con el acto de magia. Miró de nuevo hacia la puerta de su camerino, la luz trémula, indecisa. Yo no moriré. Frente a él desfilaron las máscaras huecas, oscuras de tantos otros que, como él, sostenían un personaje. Todos se quitaban las máscaras y en su lugar emergían rostros sin ojos, labios, o narices, una limpidez anónima. ¿Cómo me veré con mi máscara, en el ataúd? Sintió que un golpe de aire llegaba de la oscuridad y le refrescaba el cuello. De un manotazo la sensación se fue. En su lugar emergió el brillo del sol al golpear los vidrios de las lanchas en Acapulco. Se acordó de su mujer. Maruca, pronunció en voz baja. Rodolfo pudo dar un paso. Atrás seguían las luces y Yeo en el escenario. La puerta del camerino semejaba un ataúd. Miró hacia atrás y mientras daba el otro paso un golpe se le anidó en el pecho como un resquebrajamiento. Jaló aire, dio otro paso. El retiro, que otros se retiren. Sólo los grandes luchadores mueren de un golpe al corazón, se dijo. Iba saliendo ya rumbo al camerino cuando le vino una fragancia vieja, un olor que hacia mucho no recordaba. En el camino, ya libre de todo recuerdo, saludó a un par de personas con un asentimiento de cabeza. Sólo al corazón, pensó al entrar mientras recordaba aún a Fernando Oses, al doctor Horacio, la queja de Mil Máscaras en los túneles de Guanajuato. Maruca, volvió a decir y entró al camerino con una fragancia de muertos y fantasmas alrededor. Al mirarse frente al espejo, el espejo rompió su imagen, se convirtió en una danza trémula de muchas máscaras plateadas que danzaban descomponiéndose al ritmo de las tres caídas. Una máscara se descomponía para dar paso a otra, sucesivamente muchas máscaras frente al espejo se destejían comidas por el tiempo hasta que apareció su piel, las ojeras, los pliegues de la piel, los puntos negros de la barba frente al espejo.
Ahí, finalmente, lo encontraron.
Antonio Ramos |
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