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El vigilante de la blogósfera
Carmen Carrillo |
Daban las 00.05 horas cuando el vigilante se percató de que, por cuarta vez en la semana, la composición de la blogósfera entraba en desbalance. Algo extraño ocurría. Le había tocado ver de todo desde que había tomado el puesto, pero aquello no podía ser resultado de un simple embotellamiento de códigos. La cosa era seria.
Entre la maraña de señales eléctricas vio pasar una ráfaga de cuyo punto final echaba lumbre. Se quedó atento, observando con calma el sector y entre la chatarra de archivos duplicados y la nube de textos basura que generan los spamers, vio aproximarse a toda marcha algo breve, pero no tan breve. Era una pequeña bola de letras de fuego que bufaba como locomotora, abriéndose camino entre los quintillones de comandos .html que daban tumbos sin saber a dónde ir.
El vigilante notó que cada vez que uno de estos endemoniados atravesaba la blogósfera, ésta adquiría una consistencia viscosa, tornándose casi tangible.
Siguió así varias horas. A veces tenía la impresión de que sus parpadeos eran generadores de esas pequeñas explosiones. Parpadeó sin parar y notó que no sucedía nada. De pronto, distinguió una mole luminosa que se aproximaba. Era lo suficientemente grande como para conservar una velocidad constante y eso le permitió observarla con detenimiento. Tenía la fuerza de un rayo y en su avanzar elíptico, producía una vibración parecida a la de un cable de alta tensión.
Cuando la tuvo suficientemente cerca, se esforzó por ordenar los caracteres que giraban y giraban, como un rehilete. Sea lo que fuere, el fogonazo aquel tenía por destino el buzón de un tal Gaut vel Hartman. Pensó que de todos los nombrecitos raros que pululan en la blogósfera, ese, definitivamente se llevaba las palmas.
Para su sorpresa, la mole no venía sola. Detrás le seguían otras de distintos tamaños y movimientos. Se movían caprichosamente, unas serpenteaban, arrastrándose por entre las montañas de caracteres, otras, dando saltos o rodando como chamizos. Eran un verdadero ejército.
El vigilante pensó que podrían ser una amenaza. Eran muchas, estaban organizadas y parecían tener intención de concentrarse. A partir de esa primera ráfaga, ha concentrado sus esfuerzos en encontrar el origen del extraño fenómeno. Ha revisado exhaustivamente cada entrada y comentario generados desde el inicio de los tiempos, y nada. Muy a su pesar, casi se ha resignado a aceptar que nunca entenderá el poder que esa caterva de fenómenos posee para alterar de tal manera la composición de la blogósfera, pero algo es seguro: cuando termine de escribir este cuento y mi dedo índice oprima la tecla “aceptar” no pasarán ni cuatro segundos antes de que el vigilante rechine los dientes al mirar este cuento avanzar frente a sus ojos, extendiendo sus 461 caracteres como la cola de un pavorreal.